En los últimos 15 años ha habido más asesinos en serie en España que en todo el siglo XX. ¿Por qué?

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Manuel Delgado Villegas, el vagabundo sevillano que asesinó a al menos siete personas (48 según él) entre 1964 y 1971, momento en que se tomó esta foto. /Efe

El tipo de asesinos en serie de un país dice mucho de su gente. ¿En qué ha cambiado España para multiplicar los suyos de golpe?

El 7 de febrero de 2003, Alfredo Galán, un exmilitar ciudadrealeño que entonces tenía 26 años, vio un informativo que hablaba de él. No mencionaba su nombre pero sí sus actos: la noche anterior, sobre las tres y media de la mañana, había matado de un disparo a un chico de 18 años en una parada de autobús del barrio madrileño de Barajas. Se fue a dormir y, a las cuatro de la tarde del día siguiente, entró en el bar Rojas de Alcalá de Henares, la ciudad en la que vivía. Dentro vio a tres personas: la dueña, Teresa Sánchez, su hijo adolescente y una clienta. Se acercó al chico, que garabateaba un grafiti en un papel, hizo girar la pistola alrededor de su dedo como uncowboy, le sonrió y le voló la cabeza. Luego mató a la clienta y disparó tres veces sobre Sánchez mientras esta huía a gatas. Ella se salvó. El informativo del día siguiente no relacionaba los dos crímenes pero sí dio cuenta de un detalle: la policía había encontrado un as de copas a los pies del cadáver de Barajas. Lo habría llevado el viento pero a Galán le gustó el toque teatral. Decidió dejar una carta de la baraja española junto a sus futuras víctimas. Acababa de nacer el asesino del naipe.

Desde el primer momento, la de Galán fue una historia excepcional. Era un depredador que mataba por matar sin esperar nada a cambio. Había asesinado a una primera víctima, un portero, la noche del 24 de enero, delante de su hijo, porque le habían entrado “ganas” (la palabra la usaría él en su confesión meses después) mientras veía la televisión. Usaba un arma de fuego: una pistola Tokarev del calibre 7,62 que había contrabandeado cuando prestaba servicio en Bosnia. Se recreó en la insólita atención mediática y la psicosis colectiva que se levantó en Madrid cuando volvió a atacar un mes después: mató a una pareja en Arganda del Rey y se agachó y dejó un naipe al lado de los cadáveres.

En 2003, el caso encajaba muy difícilmente en la historia negra de España.

Joan Vila, conocido como El celador de Olot (Girona), visto por una cámara de seguridad. En 2010 confesó haber asesinado a al menos 11 ancianos en la residencia en la que trabajaba. El País

Joan Vila, conocido como El celador de Olot (Girona), visto por una cámara de seguridad. En 2010 confesó haber asesinado a al menos 11 ancianos en la residencia en la que trabajaba. El País

Podría recordar a Estados Unidos, donde David Berkowitz se convirtió en un mito mediático llamadoSon of Sam, al matar a tiros a seis neoyorquinos entre 1976 y 1977. Donde Ted Bundy (entre 30 y 36 víctimas entre 1961 y 1978) dijo aquello de que “los asesinos en series somos sus maridos, somos sus hijos, estamos en todas partes”. Todo el asesino del Zodiaco tuvo en vilo a todo un país a finales de los sesenta y los setenta. También podría ser un caso más alemán, donde Karl Lenke (42 víctimas entre 1903 y 1924) pudo ser miembro respetado de su pueblo prusiano de día y asesino de noche. Cada país, cada sociedad, genera su propio tipo de asesino en serie y Galán cumplía con muy pocos precedentes del pasado negro español. ¿Ha cambiado tanto el país que ha cambiado su modelo de asesino?

España siempre ha tenido un tipo muy particular de asesino en serie

Jeffrey Dahmer, responsable, entre 1978 y 1991, de la muerte de 17 hombres de Milwaukee con cuyos cuerpos practicaba necrofilia. Se le declaró legalmente cuerdo en su juicio. Cordon

Jeffrey Dahmer, responsable, entre 1978 y 1991, de la muerte de 17 hombres de Milwaukee con cuyos cuerpos practicaba necrofilia. Se le declaró legalmente cuerdo en su juicio. Cordon

“La cultura juega un papel muy importante en la mente de un asesino”, explica el psiquiatra forense Luis Borrás Roca, autor de Asesinos en serie españoles (Bosch). “Afecta al móvil y a las formas de realizar el asesinato. Por resumir podemos decir que se mata por tres razones: un psicópata, para conseguir dinero o algo que le beneficie. Un parafílico, para satisfacer sus tendencias sexuales anormales: sadismo, necrofilia, pedofilia… Y un psicótico, por un delirio, ya sea místico, persecutorio o de grandeza”. La cultura sólo es la capa que le da forma a esos cimientos: “En los países donde se da mucha importancia al estatus económico, hay más asesinatos relacionados con la consecución de dinero. Las sociedades anglosajona y especialmente la estadounidense han sido grandes generadoras de asesinos en serie, por su capacidad de producir individuos frustrados por el dinero”, prosigue Borrás.

Históricamente, España ha sido otra cosa. “En el siglo XX era una sociedad muy poco competitiva, la mayoría de la población no tenía artículos de consumo, la dictadura franquista mantenía un férreo control de la sociedad y sexualmente éramos muy reprimidos”, prosigue Borrás. “El asesino en serie español del siglo XX, más que un psicópata, era una persona que se movía entre la mendicidad o bien con parafilias sexuales generadas por una enseñanza pobre”.

El doctor H.H. Holmes, uno de los primeros asesinos en serie: construyó un hotel en el Chicago de 1889 y en él acabó con la vida de, que se sepa, 9 personas. Que se sospeche, 200. Getty

El doctor H.H. Holmes, uno de los primeros asesinos en serie: construyó un hotel en el Chicago de 1889 y en él acabó con la vida de, que se sepa, 9 personas. Que se sospeche, 200. Getty

En otras palabras, España es el país deManuel Delgado Villegas, el mendigo apodado el arropiero, un sevillano que vagaba por las calles, empezó a prostituirse a los 12 años y a matar instintivamente como forma de imponerse o para tener relaciones sexuales con los cadáveres. Entre 1964 y 1971 acabó con la vida de siete o 48 personas, según la credibilidad que se le quiera arrogar a sus confesiones. Mataba sin móvil ni concierto. Podía ser un poeta que estaba en la margen del río Tajuña, en Chinchón, que se negó a darle comida. Podía ser un empresario catalán con el que Villegas se prostituyó y que luego no quiso pagarle. Una turista francesa que se encontró en una casa en Ibiza. Casi todos caían con el mismo golpe mortal en la laringe, un truco que aprendió en La Legión.

España es también el país de Francisco García Escalero, “el paradigma de la locura”, según los psiquiatras que lo trataron: compraba alcohol con el dinero que mendigaba, se juntaba con otro vagabundo o alguna prostituta a beberlo hasta que, poseído por lo que describía como “la fuerza interior”, los mataba y luego quemaba los cadáveres. A uno le machacó el cráneo a pedradas. A otro lo acuchilló, le cortó el pene y se lo puso en la boca. Sus únicas relaciones sexuales eran con prostitutas o con cadáveres. En una ocasión, la policía lo encontró ante tres cuerpos desenterrados. Estaba masturbándose frente a ellos. No podía hacer otra cosa, explicó, porque la peste del cuerpo en descomposición le impedía acercarse. Se atribuyó la muerte de 11 limosneros entre 1986 y 1993. “No eran asesinos fríos y calculadores: actuaban por instintos patológicos que no podían controlar”, matiza Borrás. “Eran individuos sin soporte social, que no recibían tratamiento médico, abandonados por la familia. Fueron víctimas del abandono institucional, dejados a su suerte en la calle”.

J.A. Rodríguez Vega asesinó, en Santander y entre 1986 y 1987, a al menos 16 ancianas. En la cárcel presumía de “la millonada” que ganaría con sus memorias. Fue asesinado allí mismo. Efe

J.A. Rodríguez Vega asesinó, en Santander y entre 1986 y 1987, a al menos 16 ancianas. En la cárcel presumía de “la millonada” que ganaría con sus memorias. Fue asesinado allí mismo. Efe

También es un país obsesionado por las ancianas. José Antonio Rodríguez Vega, un albañil de Santander, siempre quiso matar a su madre pero no pudo (“me ha dado la vida”, aduciría). Así que entró en casa de al menos 16 ancianas entre agosto de 1987 y abril de 1988 alegando que iba a arreglar algo.Una vez allí, las violaba y mataba. José Ignacio Orduña Mayo, El asesino de Lesseps, asesinó a tres entre 1978 y 1979 y violó a decenas de ellas.

A finales de los noventa surgió el caso de Joaquín Ferrándiz. Entre 1995 y 1998 violó y acabó con la vida de cinco mujeres en Castellón: las maniataba con su propia ropa interior, les tapaba los ojos y la boca con cinta aislante. Era bien respetado entre los suyos, tenía novia y llevada una vida aparentemente normal. Algo estaba cambiando en la forma en la cultura de la muerte española.

Los nuevos casos recuerdan a países más ‘competitivos’

Richard Ramirez se convirtió en uno de los grandes asesinos mediáticos de los años ochenta: se colaba en casa de sus 13 víctimas en Los Ángeles y las violaba y mataba. Cordon

Richard Ramirez se convirtió en uno de los grandes asesinos mediáticos de los años ochenta: se colaba en casa de sus 13 víctimas en Los Ángeles y las violaba y mataba. Cordon

Cada vez hay menos asesinos en serie en el mundo. La Universidad de Radford, en EE UU, que desde hace años lleva la cuenta de los homicidas que van surgiendo, y de sus víctimas, calcula que de los 906 que había en todo el planeta en los noventa pasamos al 597 en los albores del siglo XXI. En parte porque cada vez hay menos en Estados Unidos, el mayor fabricante de asesinos en serie del mundo. “Este descenso se lleva produciendo desde los ochenta y se debe a varios motivos”, razona Michael Aamodt, profesor emérito de la Psicología en Radford y autor de varias estadísticas extraídas de su base de datos. “Las leyes carcelarias son más severas, y los homicidas no pueden salir de prisión para volver a matar tan fácilmente. Las pruebas de ADN permiten identificar a un asesino antes de que reincida. Y ya no hay tantas víctimas fáciles (autoestopistas o niños por las calles) como hace 30 años”.

Ted Bundy acabó con la vida de entre 30 y 36 chicas en Los Ángeles en los sesenta. La abogada responsable de su defensa lo llamó “la definción definitiva del mal más desalmado”. Cordon

Ted Bundy acabó con la vida de entre 30 y 36 chicas en Los Ángeles en los sesenta. La abogada responsable de su defensa lo llamó “la definción definitiva del mal más desalmado”. Cordon

España va en sentido contrario. “Ha habido más asesinos en serie en estos primeros 15 años del siglo XXI que en todo el XX”, calcula Borrás. Tienen otro estilo. Otras motivaciones. Vienen de otros infiernos. Juan José Rangel, un joven barcelonés de apariencia normal, acuchilló en enero de 2003 a una mujer en un aparcamiento y sacó 300 euros con su tarjeta de crédito. Días después, ahogó a otra en el mismo sitio con una bolsa de plástico en la cabeza. Hoy se le conoce como El asesino del Putxet. En Galicia, una cocinera de bar llamada Remedios Sánchez se hizo amiga de al menos tres ancianas a las que acabó asesinando en verano de 2006 para robarles el dinero y sufragar su adicción al juego.

En Madrid, Encarnación Jiménez Moreno desvalijó a 20 ancianas y acabó con la vida de dos entre abril y julio de 2003. En 2010 Joan Vilas pasó a ser El celador de Olot, autor confeso del asesinato de 11 ancianos de la residencia geriátrica La Caritat de Olot (Girona). “Era una persona atormentada por su condición de transexual”, alerta Borrás, que participó en su defensa.“Si se hubiera criado desde pequeño en una sociedad más abierta, no habría sufrido las burlas de sus compañeros de colegio y no se hubiera llegado a estos extremos”. Juan Carlos Aguilar, que fingía ser un monje Shaolín en Bilbao, fue detenido en verano de 2013 por acabar con la vida de dos mujeres.

“No se sabe por qué hay determinados picos de asesinato serial: el número sigue siendo muy pequeño para extraer ninguna conclusión”, alerta Vicente Garrido, profesor de Crimonología de la Universidad de Valencia. Borrás tiene un pálpito: “La sociedad española se ha hecho menos igualitaria y por tanto, más competitiva. Nuestros asesinos en serie se asemejan cada vez más a los de las sociedades más competitivas”.

El 3 de julio de 2003, Alfredo Galán irrumpió en una comisaría de Puertollano y, borracho, confesó ser El asesino del naipe. Su historia acabó ahí. Y empezó la época que redefinió al asesino en serie español.

Fuente: El País 

Autor: Tom C. Avendaño

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