Al menos, una película de terror a la semana

No somos masoquistas. Asustarse por diversión dispara la producción de ciertas hormonas que nos hacen sentir bien.
Escena de 'Psicosis', de Alfred Hitchcock.

Escena de ‘Psicosis’, de Alfred Hitchcock.

Vello de punta, escalofríos, carne de gallina, temblores, sensación de ahogo, vértigo, nudo en la garganta… Son algunas de las sensaciones poco agradables que experimentamos cuando tenemos miedo. Pese a ello, las buscamos a propósito cuando nos enfrentamos a una novela o película de terror. ¿Por qué esta afición por el sufrimiento?

Pese a la existencia de diversas teorías al respecto, la tendencia actual gira en torno a la idea de Francisco Claro Izaguirre, profesor de Psicobiología de la UNED, para quien el gusto por las experiencias terroríficas se explica porque lo que sentimos no es verdadero pavor, sino fascinación, entretenimiento, interés por los mecanismos de actuación de los malvados o una enorme excitación que hace que el trance nos hipnotice. Si no fuera así, nadie disfrutaría con estas ficciones”, explica César Augusto García Beceiro, miembro del Instituto Español de Psicodrama Psicoanalítico y psicólogo en Red Integra (Madrid). Una vez aclaradas las cosas, veamos qué beneficios nos reporta este pseudomiedo para que nos apetezca adentrarnos en él.

Reforzamos nuestra autoestima y el vínculo con los demás. ¿Quién se monta en una montaña rusa o va al cine con la intención de asustarse completamente solo? Salvo raras excepciones, nadie. Para Neus Córdoba, psicóloga del Instituto Klein, en Barcelona, “este tipo de eventos se viven en compañía por dos motivos: primero, porque es una prueba evidente de valor y coraje ante los demás, que favorece la aceptación y la integración en el grupo y, por lo tanto, eleva el ego. Y segundo, porque el estímulo terrorífico promueve el contacto físico: constituye la excusa perfecta para darse la mano o abrazarse al otro, lo que nos reconforta”.

Nos volvemos más románticos. La amígdala es un circuito cerebral que se activa en situaciones de miedo y hace que segreguemos dopamina, un neurotransmisor que nos prepara para luchar o escapar ante un posible peligro. Psicólogos cognitivos como Dolf Zillmann y James B. Weaver se atreven a aventurar que el aumento de esta hormona, al ser también determinante en el amor, hace que las personas que nos acompañan en estas situaciones nos resulten más atractivas. Así, compartir una estremecedora tarde de cine o montar juntos en la lanzadera o la casa del terror puede llegar a catalizar un enamoramiento. En la investigación que les llevó a estas conclusiones, estudiaron el comportamiento de varios grupos de jóvenes de ambos géneros que veían una cinta de miedo en parejas mixtas heterosexuales. Ambas reacciones buscaban el acercamiento físico: las féminas buscaban protección cuando se asustaban y los varones encontraban en ese instante la ocasión idónea para rodearlas con sus brazos.

Obtenemos gozo.  La misma sustancia está involucrada en el circuito de la recompensa y el placer. “Cuando nos sentimos satisfechos también generamos dopamina, por lo que este neurotransmisor vincula ambas emociones (miedo y placer) al mismo tiempo. Lo saben muy bien los aficionados a los deportes de riesgo extremo”, afirma César Augusto García Beceiro.

Nos sentimos poderosos. La sensación de control y mando es imprescindible para poder disfrutar en este contexto. “Saber que en un segundo puedes cerrar el libro y dejar de leer o taparte los ojos para no ver una escena horrible es precisamente lo que te permite deleitarte”, afirma César Augusto García Beceiro.

Practicamos la empatía. Thomas J. Scheff, profesor emérito de la Universidad de California, Santa Bárbara (EE UU), explica en un artículo publicado en 2010 en la revista Psychology Today que una de las ventajas del cine de terror es que el público se identifica con las emociones de los protagonistas, siente como ellos y se involucra en su situación. Es una oportunidad muy buena para practicar la empatía, pero, al mismo tiempo y por suerte, la distancia psicológica que existe entre observadores y actores genera a los primeros una intensa sensación de alivio y bienestar, que hace que la película les resulte placentera.

Disfrutamos de un entretenimiento violento socialmente aceptado. Lo dice Jeffrey Goldstein, profesor de psicología social en la Universidad de Utrecht (Países Bajos), en un artículo publicado en la revista Live Science en 2009: “La gente elige esta clase de obras porque quiere impresionarse, que el filme le afecte profundamente, que le conmueva, además de que es grato apartar la vista de la vida mundana y saltarse las normas impuestas durante un par de horas”.

Acabamos riéndonos. Tal como defiende Joel B. Cohen, profesor de Márketing y Antropología de la Universidad de Florida (EE UU), “tendemos a pensar que las emociones son excluyentes y no es así; pueden sentirse varias que consideramos contradictorias al mismo tiempo”. Esto explica por qué en una experiencia de ficción aterradora no solo hay miedo, sino también alivio y otras sensaciones positivas. Resulta muy sencillo observar esta mezcla emocional en atracciones de feria de enorme altura y velocidad vertiginosa, “la gente se baja de ellas pálida del susto y muerta de risa a la vez. Ocurre así porque el pavor nos hace segregar adrenalina, una hormona que es excitante y que hace que junto con el temblor por habernos lanzado al vacío desde un sinfín de metros, aparezcan la risa nerviosa y las carcajadas, que son desestresantes”, afirma César Augusto García Beceiro.

Nos ayuda a conocernos mejor. “En el caso de las películas, hacer reflexionar al individuo sobre si se identifica con la víctima o con el verdugo, si considera que el crimen es una injusticia o una pena merecida y qué simpatías y aversiones le crean los diferentes participantes de la historia, puede ayudarle (y ayudarnos a los especialistas) a conocer mejor diversos aspectos de su personalidad”, concluye la psicóloga Neus Córdoba.

QUIÉN DEBE ABSTENERSE

Según un estudio dirigido por el neurocientífico cognitivo Erno Hermans, de la Universidad de Nueva York (EE UU), cuando vemos una película con episodios violentos, el cerebro se reorganiza para hacer frente a ese foco de estrés y esto hace que se revivan las experiencias desagradables del pasado, sobre todo las que no hemos procesado bien, algo que nos bloquea y merma nuestra capacidad de análisis. Por eso, a las personas que han vivido episodios traumáticos no suelen gustarles las cintas de terror.

Fuente: El País

Autora: Silvia Cándano Ocaña

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